miércoles, 14 de agosto de 2013

La opinión válida

Mi opinión no es válida, digo yo, pero ¿quién valida una opinión?

Hay quienes dicen que "el tiempo nos dará la razón". Me pregunto si el tiempo tendrá alguna especie de mística piedad como para darle la razón a todos. Me pregunto si, en verdad, es tan importante tener la razón, porque a mí sinceramente me parece una estupidez. No me caracterizo por tener un absoluto interés por tener esa cosa tan abstracta... pero, en fin, me estoy desviando del tema.

Las opiniones las valida, en todo sentido, quien las escucha, o lee, o ve, o por donde sea que le entre la opinión a quien llamaremos, por cuestiones de abreviación y respeto: "receptor". Este sujeto es el encargado de hacer que "el sexto sentido de las mujeres nunca falla" sea una verdad hecha y derecha con bases fundamentadas y comprobada científicamente. 

Entonces, la validez de una opinión es, paradójicamente, absolutamente relativa. La opinión es definida por Platón como la forma de la palabra que se manifiesta entre el ser y el no-ser. Entendiendo al ser como el objetivo de la ciencia y el no-ser el objetivo de la ignorancia. De ese modo, la opinión es aquella que "tiene menos claridad que la ciencia y más oscuridad que la ignorancia" * * *.

En ese sentido, la opinión es la forma más común del pensamiento; y desde mi punto de vista (y el de Heráclito, quizás): la única forma del pensamiento en el mundo sensible. La manifestación de una manera de observar el universo y sus componentes. Afirmación que da más sentido a la famosa frase que se atribuye a Sócrates: "lo único que sé es que no sé nada". Pero esto nos dejaría con dudas sobre la existencia de ciencia e ignorancia fuera del mundo de las ideas, y una posible convivencia del ser humano en las dos dimensiones platónicas.

¿Tiene realmente sentido que el hombre estudie una cosa tan ambigua como la duda y la subjetividad a la que se encuentra atado todo nuestro universo? Una pregunta quizás demasiado ambiciosa como para intentar responderla en un artículo de un blog.

El punto es, en vez de preocuparnos por tanto tema de reflexión filosófica, que la opinión es solo una forma de ver las cosas y, no debe, de ningún modo ser interpretado como la verdad absoluta... Pero esa es solo mi opinión, que no sabemos si es "válida".

¡Qué jodido es este mundo!

* * * ABREU S., I. (2009) El Estudio de la Opinión Pública (Tercera Edición). Vadell Hermanos Editores. Cáp. I, pág. 22.

domingo, 11 de noviembre de 2012

"Todos los hombres son unos estúpidos"

      Han llegado a mis oídos en incontables ocasiones, afirmaciones como "todos los hombres son unos estúpidos", "todas las mujeres son unas perras" o "todos los políticos son iguales". Ninguna de estas expresiones es de uso correcto, porque es imposible adjetivar de tal manera a todo un sector de la población... por más que en algunos casos parezca ser la verdad.

      Podemos decir cosas como "Margarita es una isla rodeada de agua", "si me matan, me muero" y obviedades (o estupideces) por el estilo que no resultan tan insultantes como el grave error común de la generalización. Generalizar es lanzarse en caída libre hacia el vacío del absoluto. Vivimos en una sociedad con pluralidad de identidades, pensamientos y propiedades... en ese sentido, la relatividad es una cualidad universal. Cada quien es un mundo y por más que existan conductas, costumbres y adjetivos que identifiquen a una gran cantidad de personas, no es tan fácil establecer una afirmación concreta sobre valores compartidos por toda una población. Lo más parecido que tenemos entre todos es que somos diferentes.


      "Todos los hombres son hombres"... y aún así, dudaría de esto. Es increíble el cambio que puede generar un pequeño adverbio a la imagen que presentamos con nuestras palabras, i.e.: "Casi todos los hombres son estúpidos". ¡Muy bien! Hemos logrado una aseveración que no deja de ser insultante, pero  pierde en gran medida el poder auto-destructivo sobre el que enuncia la frase. 

       Las generalizaciones deben ser hechas con extremo cuidado. "La lengua es el castigo del cuerpo". Considero que tenemos frente a nosotros un caso tiránico de la palabra. Someter a todos al mismo yugo por una experiencia particular es la justicia de la escuela primaria, donde "por uno, pagan todos". Para generalizar debe existir primero un estudio completo de la población en cuestión. No podemos afirmar el universo por la observación de una estrella. En ese sentido, existen generalizaciones válidas como "todos somos unos ignorantes", pero sin duda, mi favorita es "todo el que generaliza sin criterio es un pendejo".

El disparo de la fotografía: Balas ideológicas en imágenes


              Jesús de Miguel y Omar Ponce de León, en el texto «Para una Sociología de la Fotografía», establecen entre los temas que consideran básicos en el análisis de la sociología de la fotografía el carácter de agente del cambio social y/o político a través de las imágenes producidas por un fotógrafo, que podría ser desde un “artista” a un “investigador social”, dependiendo de las opiniones establecidas por quien coloca su ojo a través del lente de su realidad.

            El poder, en la fotografía, adquiere un nuevo significado al momento de realizar una foto con intenciones de generar cambios en la sociedad. La imagen se convierte en una herramienta de persuasión por la que una idea, contraria a un “pensamiento común” (entiéndase esto como una tendencia que es propia de un grupo bastante considerable de individuos), busca ser reemplazada o modificada para crear conciencia sobre alguna falla que el fotógrafo detectó en el sistema social por el que se rige su contexto, el de los que piensan como él y el de su audiencia predilecta.

            Por medio del uso de imágenes poderosas de realidades sociales, crítica a estas, o de cualquier índole que permita establecer una opinión (y si es metafórica, mejor) el fotógrafo crea un mensaje que se transforma en una bala. La cámara es un arma de fuego. Un disparo de una Nikon… o para hacer una imagen literaria más apropiada, de una Canon, no viaja suavemente por el aire como un ave, sino que busca atravesar corazones y hacer sangrar sensibilidades ideológicas.

            Podrá parecer bastante intenso, pero la fotografía al poseer la capacidad de transmitir un mensaje… como prácticamente todo en este universo… adquiere un súper poder. Comunicar es poder y si se tienen las herramientas para hacer un mensaje más efectivo y completo, las balas ideológicas en imágenes se vuelven prueba de aquel famoso dicho de que “una imagen vale más que mil palabras”.

            Generar un cambio no es tarea fácil, pero si lo fuese, quizás perdería el chiste del reto que existe para un fotógrafo o un sociólogo. Tomar una foto debe ser un placer, ¿cómo no? Es precisamente en ese disfrute apasionado que las cosas salen con mejor calidad, y no solo en el sentido técnico… en ese aspecto, la pasión no juega un papel tan importante al lado de lo económico.

            En conclusión, si existe un tema de la Sociología de la Fotografía que le da un mérito socio-político a la Fotografía es éste. Citando a V en la película V de Vendetta: "Debajo de esta máscara hay más que carne. Debajo de esta máscara hay una idea, Sr. Creedy. Y las ideas son a prueba de balas."… pero, nos preguntamos: ¿serán a prueba de fotos?

miércoles, 24 de octubre de 2012

Dante, Clarembaux y nuestra no muy Divina Commedia

El presente texto está basado en el libro “A ese infierno no vuelvo” de la periodista Patricia Clarembaux, y en ese sentido, pretende establecer un breve análisis de la actual situación carcelaria de Venezuela a través de los planteamientos del discurso de Dante Alighieri en la más célebre de sus obras, “La Divina Comedia”.

Infierno

Quizás este sea el punto más importante dentro de esta disertación, la fundamentación del tema tratado en el libro de Clarembaux, e incluso, presente en el título de su reportaje (como lo identifica Ediciones Punto Cero) “A ese infierno no vuelvo”.

Entre la inmundicia, la corrupción y la desidia, los privados de libertad viven día a día entre los siete pisos del inframundo, o más bien los pabellones de las penitenciarías. Sometidos a castigos que van desde el solo “estar ahí” hasta las salvajes torturas que se ven en casos como el de “La Reina del Arroz con Pollo”, la condena a un recluso que cayó ante la lujuria, que la autora narra bastante bien y aunque resulta grotesco, no es tan terrible como observar lo sucedido en las grabaciones que, lamentablemente, ofrecen portales web. Se supone que iría al segundo círculo del infierno, pero con evidencias, se puede saber que se ha fundado un octavo piso y es bastante posible que Lucifer haya tenido que mudarse.

Sin embargo, la incertidumbre acerca de su futuro es, probablemente, la peor de las puniciones que reciben los reclusos en sus tristes años que sienten pasar como una eterno castigo, ya que las autoridades; muchas veces, denigrando el carácter humano que también poseen estos ciudadanos que, aunque hayan delinquido, continúan siendo venezolanos; se olvidan de los derechos que estipulan la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y las Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos, adoptadas por el Congreso de las Naciones Unidas en1955,  desde Ginebra.


Ni Judas, ni Brutus, ni Caín, sufren de la incertidumbre que generan los tribunales, los jueces y los encargados de las penitenciarías sobre los encarcelados quienes al menos deberían tener derecho a saber qué rayos va a pasar con ellos. Gran parte de los presos no tiene ni idea de cuánto tiempo estará en el infierno, si hay una oportunidad de dirigirse a un verdadero purgatorio, o si se puede en realidad regresar al caótico paraíso de la libertad.

Purgatorio

            Entre tantas cosas, se espera que la rehabilitación, la reintegración a la sociedad y la reeducación de los privados de libertad sean las principales metas de un centro penitenciario, pero esto no es exactamente lo que se ve, salvo en muy pocos casos.

A través de los testimonios presentes en el libro, se asoma una declaración de Gabriela Ramírez, quien fue la defensora del pueblo, refiriéndose a los derechos de los reclusos: “(…) la sanción es para resocializarlos y (…) la cárcel debería ser un lugar donde ellos purguen su condena”.

Algunos presos, así como Dante y Virgilio, se encuentran con la montaña hacia Dios, a través de la práctica de la religión evangélica. Casos como el de Jefferson Rodríguez y Radamés, que dicen haber alcanzado la libertad espiritual y la redención a través de la palabra del Señor y las revelaciones de Jesús, y el pastor Luis Romero, quien dijo que “El fracaso que era mi vida me hizo reflexionar y cambiar. Terminé aceptando a Jesucristo en mi corazón”.

Esté uno de acuerdo o no con las bases de este credo, se debe reconocer que la evolución espiritual y humana que lograron estos privados de libertad es comparable con el encuentro de Alighieri con Matilda, quien prepararía a Dante para recibir a Beatriz, la verdadera imagen con la que intenta conseguirse todo recluso.

De cualquier modo, es cada vez más grande la anarquía que presentan los centros penitenciarios del país. Van en una, aparentemente inalterable, gráfica creciente que tiende hacia abajo y al infinito, en el eje de las Y, también las ganas de mejorar las condiciones humanas de los presos, ya que las miras van hacia un paraíso material, donde tener el poder sobre la penitenciaría, preocuparse por los lujos como televisores con DIRECTV y las fiestas con minitecas.

Qué triste es que la vida de los demás no valga nada para muchos de los reclusos, y que lo más importante sea que se cumpla lo que mandan los ‘pranes’ en esas dictaduras de cárcel, donde las autoridades se olvidan del trabajo que tienen que hacer, prefieren alejarse de los conflictos que se viven en las prisiones y contribuyen a que las prisiones no puedan ser la estructura inversa al infierno dantesco.

Paraíso

Por más arriesgada que parezca la comparación de las cárceles con el  edén que describe Dante, existe cierto valor que se puede reconocer en algunas de las declaraciones de las entrevistas realizadas por Clarembaux a individuos como “Jesús Gregorio”, quien llegó a la cárcel como cualquier otro criminal y se convirtió en un importante ‘pran’.

Los ‘pranes’, líderes máximos de los reclusos, ya que se han podido ganar el respeto de la mayoría de los presos, como explica el protagonista de la narración de la periodista, viven en su paraíso dentro de ese infierno, sentados en la silla de Mefistófeles, jugando al PlayStation y quizás disfrutando de la lectura del “Conde de Montecristo” de Alexandre Dumas padre, y soñando con el verdadero paraíso que han olvidado, bañados en la sangre, las heces y desperdicios que manchan las paredes de los centros de reclusión.

Simón Jaimes sobrevivió y observó esa pizca del paraíso a través del arte. La música fue su guía en los pisos de la montaña del purgatorio y alcanzó su máxima felicidad al reencontrarse con Beatriz en los ojos de su esposa e hija, el 26 de agosto de 2008, y es quien asevera: “De verdaíta, de todo corazón, te digo que prefiero ser pobre a estar preso. A ese infierno no vuelvo”, dándole título al reportaje de Clarembaux.

El verdadero paraíso, es la libertad, es este lugar que muchos no saben valorar hasta el momento en que se encuentran entre los muros de una penitenciaría, es el día a día que cada vez parece más infernal, la Beatriz que los convictos intentan alcanzar, la voluntad de vivir gozando de las decisiones propias para una existencia redimida en el libre albedrío, la admiración del amor como la base para la eterna felicidad que persigue el eudemonismo, y el ósculo con la más hermosa de las damas que el universo ha tenido la dicha de dar a luz, la libertad.

“Tan gentil y tan honesta luce
mi dama cuando a alguien saluda,
que toda lengua temblando enmudece,
y no se atreven los ojos a mirarla.
Ella pasa, sintiéndose alabada,
benignamente de humildad vestida;
y pareciera ser algo venido
del cielo a la tierra a mostrar un milagro.
Se muestra tan agradable a quien la mira,
que por los ojos procura al corazón gran dulzura,
incomprensible para quien no la experimenta.

Y parece que de sus labios surgiera
un espíritu suave de amor pleno
que al alma va diciéndole: ¡Suspira!”

El Empíreo

            A manera de colofón, cabe destacar que la obra de la periodista, así como la de Dante Alighieri, no debe pasar desapercibida y no debe ser tomada como un simple texto expositivo. “A ese infierno no vuelvo” es también una crítica al sistema penitenciario del país y si no se capta el mensaje que intenta enviar la autora, es porque las autoridades, para ser honestos, no están muy interesados en mejorar la calidad de vida de los privados de libertad  y la defensa de los derechos que estos merecen como seres humanos.